
Atormentado por el pasado. Obviando el presente. Preocupado por el futuro. Así vive el hombre y así será siempre. Parece que busca la eterna felicidad pero no hace absolutamente nada para conseguirla en cualquiera de los tres tiempos. Podría aprender de las pretéritas experiencias, en vez de encadenarse a los malos recuerdos. Podría valorar más aquello que es y lo que tiene y no lo que anhela tener, siempre cegado por el afán tortuoso de adelantarse a los acontecimientos y verse esbozado en un futuro incierto que nadie tiene asegurado.
Saco conclusiones tras ver en el cine “Un Cuento de Navidad” (A Christmas Carol), basada en la novela de Charles Dickens y que siempre me ha fascinado para bien. Supuestamente para niños, se recomienda obligatoriamente a todo adulto que lleve vida similar a Ebeneezer Scrooge, un anciano mísero y egoísta, producto de un dramático pasado amoroso, que odia todo lo relacionado con la Navidad. No quiere vivirla. No quiere sentir y sin embargo, adolece de una soledad cruel que le acompaña constantemente.
Todo ello me lleva a pensar el tiempo que perdemos en analizar lo que vivimos en vez de vivirlo. Tarea ardua, pero modificable. No quiero decir con esto, que olvidemos el pasado y no hagamos planes futuros pero todo en su justa medida. Las aspiraciones son perniciosas cuando no se consiguen y desembocan en una nueva hornada de metas fijadas. Se ha desarrollado una sociedad mentalmente futurista, donde realmente, quien más anhela es quien menos tiene. Y a pesar de los resultados obtenidos, muchos se empeñan en planificar equivocadamente el largo plazo, como si tuvieran algún poder de decisión.
No querer vivir ya el futuro, no significa, como muchos piensan, fracasar en el presente o seguir siendo la pereza del pasado. Prefiero disfrutar del presente, aunque no diré hoy como se hace. Exprimo lo vivido para adaptarlo a mí ahora y no veo más allá de dos meses. Y es que soy de aquellos que piensan que no es el más mayor quien tiene más historias por contar, sino aquel que no se paraliza por el miedo de lo que vendrá.
Saco conclusiones tras ver en el cine “Un Cuento de Navidad” (A Christmas Carol), basada en la novela de Charles Dickens y que siempre me ha fascinado para bien. Supuestamente para niños, se recomienda obligatoriamente a todo adulto que lleve vida similar a Ebeneezer Scrooge, un anciano mísero y egoísta, producto de un dramático pasado amoroso, que odia todo lo relacionado con la Navidad. No quiere vivirla. No quiere sentir y sin embargo, adolece de una soledad cruel que le acompaña constantemente.
Todo ello me lleva a pensar el tiempo que perdemos en analizar lo que vivimos en vez de vivirlo. Tarea ardua, pero modificable. No quiero decir con esto, que olvidemos el pasado y no hagamos planes futuros pero todo en su justa medida. Las aspiraciones son perniciosas cuando no se consiguen y desembocan en una nueva hornada de metas fijadas. Se ha desarrollado una sociedad mentalmente futurista, donde realmente, quien más anhela es quien menos tiene. Y a pesar de los resultados obtenidos, muchos se empeñan en planificar equivocadamente el largo plazo, como si tuvieran algún poder de decisión.
No querer vivir ya el futuro, no significa, como muchos piensan, fracasar en el presente o seguir siendo la pereza del pasado. Prefiero disfrutar del presente, aunque no diré hoy como se hace. Exprimo lo vivido para adaptarlo a mí ahora y no veo más allá de dos meses. Y es que soy de aquellos que piensan que no es el más mayor quien tiene más historias por contar, sino aquel que no se paraliza por el miedo de lo que vendrá.



¿Tan mal está la televisión en la actualidad como para intentar resucitar productos de éxito pero obviamente pretéritos, con secuelas o remakes que no harán más que animar al espectador a echar más de menos, si cabe, el original?
