domingo 19 de diciembre de 2010

We Love Chaouen

La prisa mata. Es lo que he aprendido hace unos años en un lugar completamente distinto pero que aporta la misma sensación de paz y bienestar que tanto busco durante el estío.
Ya no me planteo visitar Marruecos de cuando en cuando. He convertido al rey de los sentidos en un destino que al menos, y obligatoriamente debo frecuentar una vez al año. Y donde dije obligatorio, digo que es un imperativo personal con el objetivo de liberarme del cuento chino del asfalto que tanto deteriora en tan poco tiempo.

Chaouen es un pueblo que se extiende a lo largo de un inmenso valle del Rif. Está dividido en dos zonas: la ciudad moderna, lógico avance del progreso pero que no levanta ni un ápice de interés, al contrario que la Medina, donde se concentra la verdadera actividad marroquí, el flujo diario de las relaciones sociales y donde todo parece haber salido de uno de esos cuentos que leíamos de pequeños. Es un laberíntico entramado de callejuelas formado por hogares, comercios tradicionales y todo tipo de establecimientos. Las casas y pasadizos se visten de azul. Los gatos se hacen dueños de los más tranquilos recovecos y los niños juegan en fuentes o alrededor de árboles centenarios.



Sin ser excesivamente grande, necesitas un par de días o tres para finiquitar sensaciones y volver con buen sabor de boca. La plaza Uta el-Hammam es un escenario para lucirse desde muy temprano en la mañana. Si te fijas bien, observarás que los musulmanes siempre que estén sentados en algún establecimiento lo harán mirando al exterior. Todos horizontalmente, tomando té y observando el bullicio turista y propio. Desayunar en la plaza es quizás más caro que en otro lugares, pero a un precio irrisorio igualmente. Zumo de naranja, té de menta, crêpes con miel o mermelada y una extensa variedad de sabores, respirando aire puro, sin prisas, rodeados en ocasiones por avispas que solo olfatean la hierbabuena, sin peligro alguno, al menos de momento. Coloradas murallas de la Kasbah rodean parte de la plaza donde uno tiene la sensación de ser dueño de su tiempo mientras se traslada históricamente a otras épocas.



Perderse por las callejuelas de la medina es una sensación poco comparable a hacer lo mismo en alguna milla de oro urbanita. Puedes estar comprando especias, regateando con una sonrisa y cierto sarcasmo mientas suena la llamada a la oración y la luz va transformándose en jubilosa nocturnidad. El regateo es esencial. Un juego de dos en el que ambos ganan, si comparamos precios con Europa. Es la base de la compra-venta y el inicio de toda relación venidera. No hay tiempo desaprovechado. Recomiendo un baño tanto de sol como acuático en la piscina del Parador, más frecuentada por familias extranjeras que por chaounies, un paseo nocturno por el río a lo largo del alumbrado paseo entre árboles y rocas hasta llegar al lavadero, donde las mujeres frotan sus alfombras y los niños juegan con las estrellas.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Que recuerdos, que lugar tan especial.

Sandra