
El colorido mundo pijo siempre me ha llamado la atención. Es obvio que todos conocemos a alguien que podría encajar perfectamente en ese mundo, que por respeto a millones de personas no me atrevo a definir. Polémico tema al intentar precisar el concepto de lo que mundialmente se relaciona con individuos pudientes. ¿Uno nace o se hace? ¿Son los ideales? ¿Las serpenteantes muletillas al hablar? ¿Las prendas de marca? ¿Una actitud?
Los he conocido de todos los tamaños y colores y quitando alguna excepción, quizás porque eran nuevos ricos o lo que en Estados Unidos apodan como “wannabe”, no tienen mucho que ver con los mitos que hay tras ellos. Sin embargo, la semana pasada, viendo un reportaje especial en televisión, que trataba de descubrir de que manera la crisis puede llegar a afectar a gente adinerada, apareció esa mujer, o mejor dicho, escombro e inevitable ruina corpórea de lo que algún día supongo que fue. Se llama Carmen Lomana, íntima amiga de Javier Rigau, aquel que frecuentaba ancianas como Gina Lollobrigida, no sabemos si para heredar fortuna o el gusto por unos buenos tacones y un vestido de noche que logre amoldarse a su cintura catalana.
Pensaba que esas rubias acharoladas nunca salían de la pantalla del televisor. Por un momento creí haber vuelto a los tiempos en que estas “señoras” copaban los títulos de crédito de series afamadas como “Falcon Crest”, “Dinastía” y ese largo listón de culebrones que todos conocemos y donde marcaban el estereotipo más inhumano de la riqueza y el poder. Sin embargo, no estaba en los 80’. Es real y camina por la Milla de Oro de Madrid como balanceándose entre algodones. No gesticula ni un músculo por temor a que revienten los puntos y da clases a la sacrificada reportera sobre lo que puede o no puede preguntar, entre otras cosas porque hablar de dinero, según ella es algo grosero y ordinario.
Los he conocido de todos los tamaños y colores y quitando alguna excepción, quizás porque eran nuevos ricos o lo que en Estados Unidos apodan como “wannabe”, no tienen mucho que ver con los mitos que hay tras ellos. Sin embargo, la semana pasada, viendo un reportaje especial en televisión, que trataba de descubrir de que manera la crisis puede llegar a afectar a gente adinerada, apareció esa mujer, o mejor dicho, escombro e inevitable ruina corpórea de lo que algún día supongo que fue. Se llama Carmen Lomana, íntima amiga de Javier Rigau, aquel que frecuentaba ancianas como Gina Lollobrigida, no sabemos si para heredar fortuna o el gusto por unos buenos tacones y un vestido de noche que logre amoldarse a su cintura catalana.
Pensaba que esas rubias acharoladas nunca salían de la pantalla del televisor. Por un momento creí haber vuelto a los tiempos en que estas “señoras” copaban los títulos de crédito de series afamadas como “Falcon Crest”, “Dinastía” y ese largo listón de culebrones que todos conocemos y donde marcaban el estereotipo más inhumano de la riqueza y el poder. Sin embargo, no estaba en los 80’. Es real y camina por la Milla de Oro de Madrid como balanceándose entre algodones. No gesticula ni un músculo por temor a que revienten los puntos y da clases a la sacrificada reportera sobre lo que puede o no puede preguntar, entre otras cosas porque hablar de dinero, según ella es algo grosero y ordinario.
Oh my God!! Saca su vena borde cuando simplemente se le pregunta a que se dedica, y cree salir airosa, al responder “ Mucha gente me hace esa pregunta. Pues a lo mismo que tú. Trabajo. Me levanto a las 9 de la mañana y me encargo de todas las gestiones de un hogar: abogados, bancos, etc. ¿Perdón? Eso lo hacen todas las mujeres de este país y después se marchan a trabajar jornadas de ocho horas mínimo. Hubiera quedado mejor si reconociera tener dinero ( todavía se desconoce el origen ) y vivir disfrutando del mismo, que intentar parecer lo más posh de una clase media que detesta este tipo de personajes, aunque relumbra, según tengo entendido entre pandilleros populares fanáticos de gaviotas anti-crisis, llegando alguno a hacer una tesis sobre la susodicha. Me pregunto que podrá decir de un parásito que solo sabe coleccionar y amontonar no ya en armarios, sino en habitaciones enteras todo lo que para ella representa el ser humano: como se viste y no lo que realmente posee bajo trapos de mil y un diseñadores.

1 comentarios:
Si tengo que decir lo que pienso ahora mismo de esta tiparraca, seguro que me censuran jejeje.
Pero vamos, tenía que darla vergüenza, soltar eso de "por solidaridad gasto menos".
Pues mira, recauchutada, tu solidaridad te la puedes meter por cierto sitio.
Ayyyy madre, de estúpidas está el mundo lleno, que lastimita.
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