Nadie se llevará las manos a la cabeza si decimos que la mayor parte de los camareros dentro del sector de la hostelería, son toscos y con un humor bastante tenue. Prosiguen mis problemas con el personal no cualificado de bares y transportes, no se si por exigencias adquiridas en Londres, o por qué realmente estos empleados del absurdo han confundido ciudad con porqueriza.
Enero 2008. Tras las interminables copas de fin de año, asomé mi amueblada cabecita por la “ Cafetería Pransor” uno de los locales que pertenecen a la estación de Atocha Renfe. Mi único delito: un hambre voraz y una amabilidad embriagada pero respetuosa. D. Jesús Gómez, empleado del recinto intentó cobrarnos dos cafés de más cuando solo habíamos pedido dos simples bocadillos. Le pedimos rectificara el precio y empezó a jugar con ellos, llegando a ofrecernos hasta tres precios distintos por los mismos productos. Ante el vaivén del señor Gómez, decidimos pagar el último de los importes fijados pero aseguró que faltaban céntimos. ¡Ya ve usted!
Solicité el libro de reclamaciones, a lo que se negó rotundamente. Algo a lo que todos los clientes tienen derecho y empleados, la obligación. Fue entonces, cuando salieron de su boca las palabras más grises que he escuchado nunca, al menos en medio urbanita: “Yo a maricones no tengo por qué mostrarles nada. Cabaretera hija de puta”.
Blanco me quedé, sin volverme rojizo, a pesar de la vergüenza que sentí de que todavía no hayan sido asfixiados a tales homófobos.
Resumiendo para que no espese. Llamé a la policía, que le obligó a darme la hoja de reclamaciones y tras parrafadas escritas huí a mi casa para intentar comprender la satisfacción que sienten aquellos que pronuncian maricón con todas las letras, con el sentido que en sí mismo representa y lo que siente uno cuando no es gay, sino mariquita. Me sentí protagonista de uno de esos chistes andaluces que tienen la gracia en el primer punto y aparte.
Poco después le denuncié a las oficinas del Omic ( Consumo ) e interpuse una querella por discriminación sexual, pero hace semanas el juez desestimó mi petición por no existir las pruebas suficientes.
Debe ser que en este país las trabajadoras de la calle siguen siendo putas fulanas, los homosexuales maricones y los irrespetuosos, camareros, y no generalizo, en libertad.
Enero 2008. Tras las interminables copas de fin de año, asomé mi amueblada cabecita por la “ Cafetería Pransor” uno de los locales que pertenecen a la estación de Atocha Renfe. Mi único delito: un hambre voraz y una amabilidad embriagada pero respetuosa. D. Jesús Gómez, empleado del recinto intentó cobrarnos dos cafés de más cuando solo habíamos pedido dos simples bocadillos. Le pedimos rectificara el precio y empezó a jugar con ellos, llegando a ofrecernos hasta tres precios distintos por los mismos productos. Ante el vaivén del señor Gómez, decidimos pagar el último de los importes fijados pero aseguró que faltaban céntimos. ¡Ya ve usted!
Solicité el libro de reclamaciones, a lo que se negó rotundamente. Algo a lo que todos los clientes tienen derecho y empleados, la obligación. Fue entonces, cuando salieron de su boca las palabras más grises que he escuchado nunca, al menos en medio urbanita: “Yo a maricones no tengo por qué mostrarles nada. Cabaretera hija de puta”.
Blanco me quedé, sin volverme rojizo, a pesar de la vergüenza que sentí de que todavía no hayan sido asfixiados a tales homófobos.
Resumiendo para que no espese. Llamé a la policía, que le obligó a darme la hoja de reclamaciones y tras parrafadas escritas huí a mi casa para intentar comprender la satisfacción que sienten aquellos que pronuncian maricón con todas las letras, con el sentido que en sí mismo representa y lo que siente uno cuando no es gay, sino mariquita. Me sentí protagonista de uno de esos chistes andaluces que tienen la gracia en el primer punto y aparte.
Poco después le denuncié a las oficinas del Omic ( Consumo ) e interpuse una querella por discriminación sexual, pero hace semanas el juez desestimó mi petición por no existir las pruebas suficientes.
Debe ser que en este país las trabajadoras de la calle siguen siendo putas fulanas, los homosexuales maricones y los irrespetuosos, camareros, y no generalizo, en libertad.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada