martes 25 de diciembre de 2007

Teleadicto en serie


“Está muerta. Envuelta en plástico”. Así comenzaba una de las series de televisión, convertida más tarde en un icono para varias generaciones de teleadictos y es que no me queda más remedio que confesar. Estoy enfermo. Necesito engullir series, con gula pero sin atragantarme para satisfacer mis necesidades de ver como 43 personas logran salir de una isla, que más que fauna y vegetación, está repleta de dudas y misterios que no hacen más que quitarme horas de sueño al cierre de cada capítulo. Disfrazo a estos intrépidos supervivientes de amigos míos durante 2 horas a la semana y comparto con ellos, mi sillón o trinchera personal de malos productos televisivos.
Hasta hace meses he vivido en la incertidumbre de saber como se las apañarían cinco mujeres, que más que desesperadas, están desquiciadas. Buscadoras de problemas, neurótico-obsesivas, maniáticas empedernidas, justicieras de la verdad más atroz, infieles interesadas y lo más sexy de un barrio residencial donde las elegantes señoras son putas pero las putas nunca pueden ser señoras.
¿Quién no ha querido ser aunque solo fuera por un minuto, inquilino en aquellos apartamentos con piscina en Los Ángeles? Convivías con médicos que engañaban a sus mujeres por motivos personales, pelirrojas a falta de algún electroshock adicional o con la casera que por el día te pedía azúcar y por la noche lo lamía sobre tu pecho en la cama. Un sin fin de historias entremezcladas que hacían imposible su seguimiento si te perdías algún capítulo.
Similar a estos últimos pero aún con toques de adolescencia, crecimos, aunque en barrios diferentes, con los niños pijos de Beverly hills, que intentaban mostrar su rebeldía contra la sociedad, eso sí, con tarjeta de crédito incluida que hacía menos soporífera su cruel y pobre existencia.
El mundo cambió su forma de ver la televisión cuando nos topamos con el sugerente cadáver de Laura Palmer, creando una atmósfera verdaderamente ensoñadora. Millones de personas en todo el mundo hacían cábalas sobre la identidad de un asesino que tardaba en llegar y los mass-media mientras tanto jugaban con enanos bailarines, bellas pero pueblerinas mujeres de la costa oeste americana y con el cafeinómano agente del FBI encargado, bajo una suave y estremecedora banda sonora, de desvelar los secretos más humanos de un pueblo que destilaba cierto olor a muerte.
Años atrás, allá por lo 80’, nos colábamos en naves nodrizas con extraterrestres camaleónicos, con aspecto humano pero alma de reptil, que se alimentaban a base de roedores e intentaban controlar a una resistencia magullada pero bien establecida, o anhelábamos ser los herederos del patrimonio de Ángela Channing y todo su séquito de vitivinícolas caracteres, que nos hacían olvidar durante la hora del café lo posiblemente aburrida que resultaba nuestra vida y lo emocionante que sería si nos tomáramos el aperitivo en aquella taberna poco higiénica, frecuentada día si y día también por Homer Simpson, o intentáramos perder peso al desenfrenado ritmo de aquellos que intentan triunfar y alcanzar la FAMA, escapar sin descanso de la prisión o tener en la consulta un médico gilipollas pero sincero que verdaderamente pueda diagnosticarnos alguna enfermedad difícil de pronunciar, sin embargo, rompemoldes de la monotonía ya mascada. Una monotonía que nos ata a la caja tonta, con la que medimos problemas, obtenemos soluciones, desinflamos la caja de los truenos y adoptamos roles de aquello que perseguimos pero no nos atrevemos.